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La oposición a los transgénicos es un privilegio del «Primer Mundo»

Al crecer en la India, Devang Mehta pensó en los organismos genéticamente modificados (OGMs, o transgénicos), como una nueva y emocionante tecnología.

«India es realmente un país agrícola», dijo. «Al crecer, no teníamos supermercados. La gente vendría directamente a la casa para vender verduras. Así que tienes este tipo de vínculo muy directo con la agricultura».

Había una utilidad obvia para los OGMs: cultivos más robustos y de mayor rendimiento para el 58% de la población de la India que depende de la agricultura para vivir.

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Pero la investigación de OGMs es limitada en la India. Por esto, cuando Mehta decidió obtener su doctorado en ingeniería genética, se dirigió a la Universidad de Zurich en Suiza, sede del cultivo transgénico más famoso hasta la fecha: el «arroz dorado», diseñado para acumular un precursor de la vitamina A, que puede ayudar a combatir la desnutrición infantil en los países en desarrollo.

Mehta había escuchado que los OGMs eran controvertidos en Europa y los Estados Unidos. Pero no fue hasta que lleguó a Zurich que descubrió cuán controvertidos eran.

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«Si aparece el tema de mi investigación, solo se topas con un incómodo silencio», recordó Mehta. «Especialmente entre mi generación en Europa, la etiqueta de OGM ha sido completamente demonizada».

Eso es en parte porque los OGMs están prohibidos en Europa y se consideran inseguros para los humanos.

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Como estudiante, Mehta vio que parte de esta oposición estalló en una protesta absoluta. Recuerda una charla de panel que organizaba su programa de estudio, el cual fue interrumpido por un miembro de la audiencia.

«Estaba hablando de una amiga suya en los Estados Unidos, que tenía un hijo con autismo», dijo Mehta, «y parecía creer que el autismo se debió a un maíz modificado genéticamente que se cultiva en los EE.UU.»

Dijo esto, y otras objeciones, las cuales apuntan a una creencia compartida entre aquellos que «sospechan» de los OGMs: que los científicos que trabajan en su desarrollo están en la nómina de los gigantes de la industria como Monsanto, quienes (según creen) están dispuestos a envenenar al público para obtener ganancias.

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Aunque Mehta dijo que no coincide con su experiencia como investigador, entendido por qué algunas personas desconfían de la ciencia.

«Creo que hay algunas razones legítimas por las cuales las personas desconfían de la ciencia», dijo. «Mucho de esto se remonta a la forma en que los científicos defienden a la gran industria del tabaco en los años 60, o al uso de la ciencia en la guerra».

Como estudiante de doctorado, Mehta hizo todo lo posible por cambiar las percepciones de la gente sobre los OGMs y los científicos que trabajan en ellos, en parte discutiendo sobre su propio trabajo, que involucró el desarrollo de una forma de yuca resistente a las enfermedades, una verdura de raíz que alimenta a casi mil millones de personas en África y Asia.

«No es una cosecha del primer mundo», dijo Mehta. «Se cultiva en condiciones muy marginales».

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Eso no impidió que la mayoría de los estudiantes suizos con los que estaba debatiendo hicieran una pregunta que Mehta escuchó una y otra vez: ¿Por qué estos agricultores no podían simplemente usar insecticidas más seguros o agricultura orgánica?

«Los estudiantes no parecian darse cuenta de que estas no son opciones en países como Kenia o India«, dijo Mehta. «La razón por la que trabajamos con OGMs es porque son la forma más efectiva de darle al agricultor un producto en el que pueden confiar, y no tienen que depender de… productos químicos o cosas que conduzcan a los peores resultados«.

En otras palabras, muchos agricultores en los países en desarrollo no pueden darse el lujo de usar insecticidas seguros o métodos de agricultura orgánica. La alternativa, aparte de los OGMs, son los insecticidas no-seguros, que pueden ser peligrosos tanto para las personas como para el medio ambiente.

La desconexión iba más allá de la sospecha pública de la ciencia. Según Mehta, mucho de eso tenía que ver con la clase.

«Suiza es uno de los países más ricos por ingreso per cápita en el mundo», dijo. «Así que fue realmente difícil comunicar a la gente que las tecnologías en las que estamos trabajando no son opcionales».

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Eventualmente, Mehta abandonó el campo de la investigación de OGMs (por el estrés que generaba la oposición infundada permanente a su investigación), pero sigue defendiendo el potencial de los OGMs para hacer el bien, lo que incluye ayudar a los agricultores en países en desarrollo y alimentar a la creciente población mundial.

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