Incremento de la productividad. Aumentó la producción en 657.6 millones de toneladas valorizadas en US$186.000 millones entre 1996-2016.

Conservación de la biodiversidad. La mayor producción (1996-2016) permitió ahorrar el uso de 183 millones de hectáreas, evitando desforestación y el avance de la frontera agrícola.

Disminución del uso de insumos y protección del ambiente. Al mejorar la resistencia a insectos plagas y el control de malezas:

*se ha evitado el uso de 671 millones de kilos de ingrediente activo de pesticidas, lo que equivale a una reducción del 8,2% (1996-2016).

* Debido al menor uso de pesticidas y al reemplazo de herbicidas tóxicos por otros más amigables con el medio ambiente se redujo del cociente de impacto ambiental de la agricultura en 18,4%.

Reducción de las emisiones de CO2. Debido a la menor necesidad de maquinaria para aplicar insumos y principalmente a la no necesidad de arado en algunos casos, en 2016 se evitó emitir 27.000 millones de kg de CO2, lo que equivale a sacar de circulación por un año a 16,7 millones de autos.

Inocuidad. Son los únicos cultivos que para poder ser comercializados deben previamente pasar por una etapa de análisis de riesgo que garantice su seguridad para el medio ambiente y los consumidores. Nunca un cultivo que haya pasado exitosamente por un análisis de riesgo ha generado preocupaciones de su inocuidad.

Conclusión. Contribuyen a que la agricultura sea más sustentable pero no son la panacea. Al igual que con los cultivos convencionales deben aplicarse buenas prácticas de manejo agrícola tales como rotación de cultivos y manejo de resistencias.