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“Los transgénicos no son un problema” afirma jefa científica de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)

Una catalana es la jefa científica de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), la agencia europea que garantiza que la comida llega a la mesa en perfectas condiciones.

Se sabe escrutada por la opinión pública, y lo entiende. Lo que está en juego es la salud alimentaria y con esto en Europa no se juega. “El consumidor europeo, a pesar de ser el más protegido del mundo, es muy adverso al riesgo”, sentencia Marta Hugas, que en el 2003 viajó de Girona a Parma para incorporarse a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), donde actualmente ocupa el cargo de científica jefe para evaluar cada alimento, cada componente que quiere entrar en el mercado europeo para garantizar que es seguro.

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En cuestiones alimentarias, la sensibilidad está a flor de piel. “Cuando tomas una medicina quieres que te cure y las contraindicaciones no son tan importantes. Quieres el beneficio que te aportan. Es el negocio de la enfermedad. Nosotros estamos en el negocio de la salud, y éste es muy emocional”. Marta Hugas viene de familia de granjeros y veterinarios, y si a este ambiente se le añade una curiosidad nata y una profesora de biología especialmente motivadora que se cruzó en sus estudios, se desemboca en la científica que primero entró en el IRTA, Institut de Recerca i Tecnologies Agroalimentàries, dependiente de la Generalitat, para después saltar al ámbito europeo. Cuando solicitó el ingreso en la EFSA, aún seguía en el aire la designación de la sede de la agencia. Competían Barcelona, con más ilusión que apoyos oficiales, Helsinki y Parma. Hugas confiesa que en la entrevista de selección dijo que a Finlandia ella no iría y, a pesar de ello, fue seleccionada. La EFSA acabó en Parma, después de un rifirrafe diplomático entre Italia y Finlandia con el entonces primer ministro, Silvio Berlusconi, defendiendo su ciudad con el no muy científico argumento de que los finlandeses no entienden de comida.

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Instalada en Parma desde hace 17 años, Marta Hugas analiza alimentos y defiende a su agencia de las críticas que le caen con regularidad. La última son las acusaciones de utilizar el copy paste en los informes de evaluación del glifosato, el herbicida más usado en Europa. “Copiamos, pero no a ciegas”, se defiende Hugas, explicando los métodos de funcionamiento de la agencia, que son los de siempre, pero que en esta ocasión les han valido un rapapolvo del Parlamento Europeo reclamando cambios. Hugas cuenta cómo también hubo “copiar y pegar” en la prohibición de tres insecticidas neonicotinoides que ponían en peligro a las abejas y “todos nos aplaudieron, nadie cuestionó nada”.

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La queja de la jefa científica de la EFTA es que únicamente se critican las autorizaciones, nunca lo que prohíbe, que es mucho. “Sólo se nos somete a escrutinio cuando el resultado va en contra de lo que distintas organizaciones, como las ONGs, tienen como agenda política”.

La EFSA defiende que mantiene un control exigente para evitar los conflictos de intereses de los científicos que les asesoran, pero no es lo que piensan algunas ONGs, como la Corporate Europe Observatory (CEO) que, en 2017, denunció que un 47% de los expertos de la Agencia tenían conflictos de intereses directos o indirectos.

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Todo depende de las reglas que se aplican. “Para el CEO, si estás en la misma habitación que una industria ya estás contaminado”, comenta Hugas. En la EFSA aplican incompatibilidad por sectores. “Si un científico ha colaborado con la industria en investigaciones en vacunas para animales y en la EFSA trabaja en plásticos en contacto con alimentos, para nosotros no es un conflicto. Son ámbitos distintos. Ellos (el CEO) no lo aceptan”.

Cuando le pedimos que nos defina a Monsanto, recurre a la más estricta neutralidad: “Ahora es de Bayer y es una empresa que produce pesticidas, y otros productos fitosanitarios”. Pero Monsanto es mucho más, es el demonio personificado para los ecologistas, y el símbolo de los organismos genéticamente modificados. Para la jefa científica de la EFSA, el problema con los transgénicos es el uso que se dio en un primer momento a esta tecnología y que la ha marcado para siempre. “La tecnología de modificación genética se ha demonizado porque el primer producto que salió al mercado, el que todo el mundo reconoce, ha dado beneficios a las empresas, pero no a la salud pública. Se ha demonizado la tecnología cuando la tecnología puede aportar cosas muy buenas y es la misma tecnología, por ejemplo, que aceptamos en la insulina producida vía modificación genética modificada”.

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Percepciones al margen, desde el punto de vista de la seguridad alimentaria, los transgénicos no son un problema. “Ningún estudio demuestra que perjudiquen a la salud”. Otra cosa puede ser su impacto en el medio ambiente, en la agricultura sostenible, pero esto no es una cuestión en que la EFSA pueda inmiscuirse. Después del repaso de las polémicas, Hugas cierra la entrevista con dos conclusiones positivas. Una: las abejas están salvadas, gracias en parte a la prohibición de los pesticidas neonicotinoides. Y dos: aunque como buena científica mantiene que nada está garantizado al 100%, está convencida de que los europeos nunca hemos tenido unos alimentos tan seguros como los de hoy en día.

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