Científicos analizan errores de los pocos estudios que reportan efectos adversos por consumo de transgénicos

Los cultivos transgénicos son los cultivos más estudiados de la historia. Aproximadamente solo un 5% de los estudios de seguridad llevados a cabo con este tipo de cultivos muestran efectos adversos que presentarían algún motivo de preocupación y, a diferencia de los estudios que no muestran riesgos de seguridad, tienden a aparecer con mayor énfasis en los medios de comunicación. Además, algunos aspectos de la agricultura en general, como los herbicidas, los monocultivos y la propiedad intelectual, también contribuyen a las preocupaciones sobre los cultivos transgénicos, a pesar de que se aplican igualmente a la agricultura convencional.

En un estudio publicado en Plant Biotechnology Journal por el científico chileno Miguel Ángel Sánchez del gremio ChileBio, y el científico estadounidense Wayne Parrot de la Universidad de Georgia, se analizaron 35 estudios, los cuales fueron seleccionados desde 4 meta-análisis; los artículos no publicados en revistas científicas, y reportes que solo evalúan inmunogenicidad de proteínas en lugar alimentos o cultivos transgénicos, fueron descartados.

Aunque estos reportes se basan en sólo un pequeño puñado de eventos de transformación genética (de centenares comercializados a nivel global), se utilizan para poner en duda a todos los cultivos transgénicos. Además, suelen provenir de unos pocos laboratorios, los grupos de investigación que los publican suelen repetirse (algunos de los estudios de estos grupos han sido retractados), y se publican en revistas de poca importancia y bajo factor de impacto.

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Es importante destacar que un examen detenido de estos informes, se observan invariablemente defectos metodológicos (diseño, ejecución y análisis) que invalidan cualquier conclusión de eventuales efectos adversos.

Por ejemplo, el grupo de la italiana Manuela Malatesta, que ha publicado 9 de los 35 estudios (26%), está llena de defectos metodológicos, pero tal vez el punto crítico es que el nivel de isoflavonas nunca se midió en las dietas de soja para los animales del estudio. Tales mediciones son esenciales porque estas moléculas pueden modular la fisiología de los mamíferos debido a la similitud que tienen con las hormonas sexuales femeninas y se sabe que son altamente variables entre las variedades de soja y las ubicaciones donde se cosecharon.

Cuatro estudios (11% del total) pertenecen al grupo del científico italiano Infascelli, que ha tenido dos trabajos de su grupo (Tudisco et al., 2010 y Mastellone et al., 2013), no evaluados en esta revisión) retirados de las revistas que los publicaron debido a manipulación digital de las imágenes usadas en la publicación, lo que plantea serias dudas sobre la fiabilidad de los resultados.

Por otro lado, el grupo del científico francés Séralini tiene en su historial un estudio del año 2014 (republicado a partir de un estudio retractado en 2012), que ha sido de los más polémicos por reportar experimentos muy criticados, y afirmar que el consumo de un evento de maíz transgénico o glifosato causan mayores niveles de tumores y mortalidad.. En sus errores metodológicos cuentan, por ejemplo, el haber usado una raza de ratas (Sprague-Dawley) que naturalmente producen un alto nivel de tumores a lo largo de su vida; errores de comparación estadística; no había relación dosis respuesta como se espera en toxicología; pocas ratas por grupos; entre otros.

Trabajos como el de Ayyadurai  y  Deonikar  (2015) ni siquiera realizan experimentación, sino que simplemente se remiten al desarrollo de algoritmos computacionales que dan como resultado mayores niveles de formaldehído en una variedad de soya transgénica, contradiciendo todo lo reportado por literatura científica sin una sola evaluación experimental.

Incluso los estudios bien diseñados (analizados en la revisión de Sánchez y Parrott), han sido mal representados. La omisión selectiva de los detalles en estudios como el de Dona y Arvanitoyannis (2009) da la impresión de problemas de salud cuando no había ninguno. Una publicación de Séralini del año 2011 usó una referencia filtrada de una gran lista de artículos que trataba de alimentos y piensos transgénicos, y sugirieron preocupaciones de salud a partir de estudios en los que los autores originales no concluyeron efectos negativos o preocupaciones en los animales analizados.

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Tras diversas revisiones de más de 2000 estudios, y 20 años después del inicio de la comercialización de cultivos transgénicos, aún no se ha publicado algún estudio “de buena fe” y metodología correcta que muestre algún efecto adverso para la salud debido a una modificación genética en un cultivo comercial.